Al encuentro con maestros extraordinarios: un texto de Yolanda Álvarez

Tardes, noches, fines de semana completos viajando por la geografía de mi amado país. Por la tarde estaba en Hibácharo, en el pequeño Atlántico de mis recuerdos juveniles, cuando acampaba con el grupo Scout No. 6 en las afueras de Piojó y en la noche ya había llegado en alas de palabras e historias a Tudela, Cundinamarca.

Un sábado amanecía en Ipiales y al atardecer estaba en San Pelayo, Córdoba. El domingo almorzaba en el Cañón de las Hermosas, en el extenso Tolima, y cenaba en la arenosa, curramba la bella: “Barranquilla procera e inmortal”.

Transité por pueblos de Bolívar y respiré el calor de sus calles polvorientas; recogí flores en la ciudad de la eterna primavera, entendí por qué Cali es la sucursal del cielo, me abrigué en el frío nocturnal de esa Bogotá formidable y desconocida para mí, caminé por las orillas del Río Fonce, en San Gil, contemplé los cerros azules que surcan Ibagué, la capital musical, y por otras y otras regiones de mis vasta Colombia, exuberante en sueños, ilusiones y deseos de subvertir la realidad para que algún día sea realmente el país feliz del que hablan las encuestas.

Viaje de fantasía y encanto en vuelo de palabras, de sentimientos, de ideas, de mística, de sueños, de ideales, de conquistas, de enseñanzas y aprendizajes, de historias, de proyecciones, de trabajo fuerte y decidido, de ojos de niños y adolescentes, de maestros que sueñan con otros mundos posibles.

Mientras en el Carmen de Bolívar un maestro utiliza como aliado el ajedrez en su proyecto de matemáticas para fomentar el desarrollo de la creatividad y el pensamiento lógico, otro, en San Gil, hace de la clase de artística un escenario para que sus estudiantes produzcan cortometrajes.

En Ibagué, el director de una banda sinfónica logra que sus estudiantes inicien procesos de resiliencia a través de la música y en Arjona un maestro hace despliegue de creatividad para que sus estudiantes sean bilingües, aunque no tengan las mismas oportunidades que tienen los de la ciudad.

En Córdoba un colectivo de maestros lucha porque la esperanza florezca nuevamente, en el corregimiento de Hibácharo, Atlántico, un grupo de maestros tiene un semillero de investigación, con varias líneas una de ellas se llama ECKO, “estudiantes caminando kilómetros con optimismo” uno de sus estudiantes recibió un premio para visitar las instalaciones de la NASA, y han recibido también reconocimientos de Ondas Colciencias.

Estas son algunas de las maravillosas propuestas que leí de los educadores colombianos que se postularon al Premio Compartir 2020. En cada una de ellas se refleja el deseo por hacer de sus aulas de clases, de sus instituciones, un lugar para el encuentro, para la esperanza, para el aprendizaje significativo.

Propuestas en las que la creatividad, el entusiasmo, la pasión y el amor por la educación son las protagonistas, propuestas que nos llenan de fe en el futuro y de optimismo porque en lugares desconocidos están las manos prodigiosas de miles de extraordinarios maestros.

 

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